El arte, cuya esencia se dice que pervive a la de los hombres, ha ganado la batalla en una rencilla que se remonta a hace más de 70 años y que hasta ahora había permanecido enterrada con sus protagonistas. El exuberante castillo de San Simeón, propiedad del magnate periodístico William Randolph Hearst, que sirvió de inspiración para el Xanadú del Ciudadano Kane de Orson Welles, hará hoy las veces de fastuosa sala de cine para proyectar la película que, en su día, fue la causante de una amarga disputa entre los dos extravagantes personajes, el joven artista y el anciano emprendedor.
No hace falta conocerse al dedillo la biografía de Hearst para localizar las similitudes con la del tenebroso ciudadano wellesiano: un empresario de dudosa reputación, poderoso estratega con capacidad y, sobre todo, voluntad para moldear la opinión pública, editor sensacionalista que se retira a una mansión apartada del mundanal ruido en las soleadas colinas californianas… Tales eran los paralelismos que el magnate emprendió una feroz campaña de desprestigio contra un filme que, aunque glorificado a tiempo pasado, se vio abocado al ostracismo en su época.
